No tengáis miedo. Es el consejo del lúcido.
Yo sé que habéis espiado cada una de mis tristezas con preocupación y que habéis leído mis desahogos literarios con el temblor impotente de quien asiste al espectáculo de la locura.
Pero ahora he de ser honesto. “Mierda para la poesía”, dijo Rimbaud. Todo esto, ya os lo dije, no es más que un juego perverso que busca destrozar entrañas como la mayor de las victorias. Y no es un mal cometido si logramos el revulsivo que incite a los hombres a ponerse en marcha, aunque sea en el inicio de otros nuevos juegos igualmente perversos.
Pero hoy he decidido diluir el trampantojo, quitarme la máscara y contaros el truco. Los otros magos me odiarán por esto, pero me importa más hablar claro.
Tal vez no haya sonado aún la hora de la felicidad en literatura. Y ahora lo vais a entender. Este entretenimiento, más que un exorcismo es un sumidero, un retrete, un pozo ciego adonde van a parar las suciedades personales y las costras nauseabundas de cada cual. Como no deja de ser un divertimento estético, amontonamos la mierda y le damos forma. Y surge el estilo. Contemplamos nuestra obra y sonreímos satisfechos viendo lo que da de sí la inmundicia. La adornamos. Recubrimos la porquería con nuevos pegotes y producimos basura nueva para no quedarnos sin materia prima. Así engrandecemos nuestra pena; buscándole una utilidad.
Pero, ¿y la alegría? Esto es más costoso. Lo que es amable no se deja amontonar de cualquier manera, pues su exceso lo degrada. Alguna pincelada suelta de vez en cuando es suficiente. Demasiada felicidad no estaría bien vista. El ego es nuestra herramienta y una sonrisa es una debilidad.
Y ocurre, además, otra cosa. Cuando uno sufre, vuelca su dolor en la palabra, se limpia, suda; cuando uno es feliz ríe, bebe, folla, baila, abraza a la gente y se olvida de escribir. Porque ya no es necesario.
Pero yo hoy me he dispuesto a respetar mi oficio, a aplicarme en la tarea sin tener que esperar nuevas tristezas. He decidido sentarme a juntar palabras para contaros el secreto de los poetas amargos y daros cuenta de otra realidad que también nos ocurre aunque la apartemos como a un virus que podría hacer enfermar nuestro verbo. Así, voy a ser tajante. Nada de oscuridad esta vez. Sincero hasta el mareo.
Hoy os puedo asegurar: que no hay en el mundo persona con más ansia de vida que yo, con más ganas de vivir. Que la existencia es un lujo adornado con maravillas.
Hoy, ni una puta lágrima. Me bebo con delicia mi presencia en el mundo.
Soy feliz.
Muy feliz.
jueves 1 de octubre de 2009
YO Y YO MISMO
Aquí, delante de mí, tengo mi propio cuerpo. Detrás, tengo un sueño. Saltaré de espaldas sin perder de vista el horizonte. Después, de un brinco hacia delante, recuperaré mi forma. Y la limpieza será total. Si el cálculo es preciso y las fuerzas no me fallan, creo que podré diseñar de nuevo el mundo. Después de una agonía, si se consigue sobrevivir a la muerte y se esquiva con buen pie la locura, es posible lograr el estallido más brillante, una apoteosis de las de verdad. Yo lo vislumbro.
Es imprescindible un plan; mejor si está ligeramente desenfocado, dejar de lado ciertas emociones y marcar una geometría perfecta sobre la que canalizar las brumas. Luego arremeter a tumba abierta, seguros del poder que hemos creado. Como en una guerra santa. La batalla ha de ser a muerte. Ya vendrán nuevas agonías, pero esta guerra hay que ganarla.
Vislumbro una cierta victoria. ¿Es posible? En mi corazón hay ruido de sables.
Y eso suele presagiar un nuevo gobierno.
Tal vez un reino nuevo.
Es imprescindible un plan; mejor si está ligeramente desenfocado, dejar de lado ciertas emociones y marcar una geometría perfecta sobre la que canalizar las brumas. Luego arremeter a tumba abierta, seguros del poder que hemos creado. Como en una guerra santa. La batalla ha de ser a muerte. Ya vendrán nuevas agonías, pero esta guerra hay que ganarla.
Vislumbro una cierta victoria. ¿Es posible? En mi corazón hay ruido de sables.
Y eso suele presagiar un nuevo gobierno.
Tal vez un reino nuevo.
SER INFINITAMENTE YO
Ser infinitamente yo. O dejar que se consuma todo. A partir de ahora, sin disimulo, aquí me tenéis. Más sincero imposible. He roto todos los candados y he descosido la boca a mis dragones. Me he convertido en un dragón. Por fin.
Ojeroso. Cansado. Ya... ¿qué más da? Aquí está mi lengua relamiéndose de gozo. Y aquí mi alma. Enfrente de vuestras calaveras. Todo ha sido soltado.
Al fin y al cabo, no iba a morirme sin darlo. Me dispongo a reinventarme.
Ser infinitamente yo. De una vez por todas y sin sonrojo. Para suavizar mi úlcera; para que no me queme el esófago.
Ahí va mi sangre, todo lo que me duele. Porque mi felicidad es mía y no quiero compartirla. Aceptad sólo la bilis.
Por mi parte, voy a aurificar la vida. Quiero mármoles, oro, esplendor y lujo. Quiero aprender de los grandes maestros avaros.
La gran obra de arte está llegando. En el próximo tren, a la hora más intempestiva. La modestia ha muerto, ya no soy humilde. Pienso curar mis angustias con un derroche de estallidos verbales, con el despliegue de todas las ambiciones más mezquinas. Voy a engrandecerme desde el limo.
Y no preguntéis, porque no tendréis respuestas. Si buscáis consuelo acogeos a otros gurús. Yo sólo pienso en mí y sólo para mí es el fruto de mi lucidez.
Ser infinitamente yo. Como si se abrieran las nubes y descubrieran de repente la luz imprevista. Un milagro fascinante, un disco de fuego cegando vuestros ojos al despertar. Así me he creado. Tan grato y hermoso a mi vista como siempre había soñado. Yo infinito.
Ojeroso. Cansado. Ya... ¿qué más da? Aquí está mi lengua relamiéndose de gozo. Y aquí mi alma. Enfrente de vuestras calaveras. Todo ha sido soltado.
Al fin y al cabo, no iba a morirme sin darlo. Me dispongo a reinventarme.
Ser infinitamente yo. De una vez por todas y sin sonrojo. Para suavizar mi úlcera; para que no me queme el esófago.
Ahí va mi sangre, todo lo que me duele. Porque mi felicidad es mía y no quiero compartirla. Aceptad sólo la bilis.
Por mi parte, voy a aurificar la vida. Quiero mármoles, oro, esplendor y lujo. Quiero aprender de los grandes maestros avaros.
La gran obra de arte está llegando. En el próximo tren, a la hora más intempestiva. La modestia ha muerto, ya no soy humilde. Pienso curar mis angustias con un derroche de estallidos verbales, con el despliegue de todas las ambiciones más mezquinas. Voy a engrandecerme desde el limo.
Y no preguntéis, porque no tendréis respuestas. Si buscáis consuelo acogeos a otros gurús. Yo sólo pienso en mí y sólo para mí es el fruto de mi lucidez.
Ser infinitamente yo. Como si se abrieran las nubes y descubrieran de repente la luz imprevista. Un milagro fascinante, un disco de fuego cegando vuestros ojos al despertar. Así me he creado. Tan grato y hermoso a mi vista como siempre había soñado. Yo infinito.
martes 22 de septiembre de 2009
LO TRISTE
Lo triste no es estar triste.
Lo triste es que te cojan por sorpresa mil demonios que desconocías, que te agarren fantasmas inesperados por los pelos y te torturen día tras noche tormentas no previstas.
Lo triste es que te sorprenda desnudo la tristeza.
Lo triste es que te cojan por sorpresa mil demonios que desconocías, que te agarren fantasmas inesperados por los pelos y te torturen día tras noche tormentas no previstas.
Lo triste es que te sorprenda desnudo la tristeza.
sábado 29 de agosto de 2009
Hace unas horas, de visita en Madrid
La voz cadenciosa de Apollinaire me ha sorprendido en un sueño y he vuelto a oír París y se me han vuelto a poner los pelos como púas. Los asfaltos parecen nuevos otra vez, un poco más lejanos, y la melancolía vuelve a funcionarme algunas tardes. He recobrado emociones que creía vencidas. No he muerto y esto es todo un descubrimiento.
Me he tatuado cinco vocales de colores en el lomo, convencido de la grandeza de vida que me inunda. Creo que ya sé adónde dirigirme. La huida ha dado frutos.
Una sonrisa nueva ha parido un cordero.
Recuperado todo mi equipaje, vuelvo a enfrascarme en la tarea de dejarme fascinar. Aunque aún me quede por llorar, mi posición ante la existencia es hoy de cara y con glotonería. Sea lo que tenga que ser, pero mi nueva piel tardará en secarse y, hasta entonces, todo es mío y el viento sopla a mi favor.
A los cansinos, ni agua. Y a los monstruos adorados de mi galería de mitos, una copa por cabeza para festejar mi regreso.
Bendito Toledo.
Me he tatuado cinco vocales de colores en el lomo, convencido de la grandeza de vida que me inunda. Creo que ya sé adónde dirigirme. La huida ha dado frutos.
Una sonrisa nueva ha parido un cordero.
Recuperado todo mi equipaje, vuelvo a enfrascarme en la tarea de dejarme fascinar. Aunque aún me quede por llorar, mi posición ante la existencia es hoy de cara y con glotonería. Sea lo que tenga que ser, pero mi nueva piel tardará en secarse y, hasta entonces, todo es mío y el viento sopla a mi favor.
A los cansinos, ni agua. Y a los monstruos adorados de mi galería de mitos, una copa por cabeza para festejar mi regreso.
Bendito Toledo.
domingo 23 de agosto de 2009
Hace algún tiempo, en Madrid
De pronto me he vuelto un existencialista. En cierto modo, sé que siempre lo he sido. ¡Mi haraganería se parece tanto a la de Van Gogh! Sólo que él fue capaz de entregarse hasta los huesos. A mí me falta entrega. Estoy parado, atascado. Creo que lo que sucede es que me aburro de ser tan terriblemente viejo y esto provoca en mí un miedo paralizador, un pánico que me impide caminar. A cada paso que doy se me aparece mi propio fantasma, el fantasma de mí mismo, bien en el espejo, bien en la visión de mis propias manos. Entonces tiemblo por dentro. Pongo cara de póker y empiezo a temblar por dentro. Y me causan terror estas cosas tan tristes que escribo; y la forma en que lo hago; y la imposibilidad de continuarlas. Porque me falta entrega. Me siento como un niño que no sabe cómo jugar con sus juguetes.

Paseo estas calles llevando colgada de mi rostro esa media sonrisa forzada que precede al llanto. Paseo estas calles sabiendo que están ya exprimidas hasta la cáscara, que no tienen ya nada que ofrecerme, secas y duras como están. He quemado toda posibilidad de sorpresa y el día en el que me encuentro es demasiado parecido a cualquier día de hace cinco o diez años. Este asfalto, estas aceras sucias me han amansado obligándome a cumplir años a ritmo de autobús. Se han adueñado del mundo. Parece que ya no exista nada más allá. Nada, al menos, que acapare mi atención. Ya ni París funciona. He perdido los sueños entre las cerdas de las escobas de los barrenderos y se me está muriendo Rimbaud. Tengo, como siempre, accesos de melancolía, pero tan conocidos y previsibles que ya no producen en mí ningún efecto balsámico. Se impone la huida, pero ¿adónde? Miro hacia el exterior de mi burbuja y el aire es igualmente pútrido. La muerte no me atrae. El alcoholismo es tremendamente monótono. Me queda la literatura. Por alguna razón sigo confiando en este entretenimiento sin forma, tan engañoso y falso como un trampantojo. En él todo es asquerosa mentira, la mierda acumulada en un cerebro humano que ha de ser evacuada en liberadora diarrea lingüística para que no forme trombos en las venas. Es la limpieza terapéutica que previene del ictus. Entonces, ¿qué me importarán a mí los desechos tóxicos de los demás? Y los demás, ¿qué han de encontrar entre mis excrementos que sea digno de consideración? ¿Por qué esta fiesta escatológica en la que todos nos sentimos a gusto revolcándonos en la inmundicia?
Este juego es una perversión.

Paseo estas calles llevando colgada de mi rostro esa media sonrisa forzada que precede al llanto. Paseo estas calles sabiendo que están ya exprimidas hasta la cáscara, que no tienen ya nada que ofrecerme, secas y duras como están. He quemado toda posibilidad de sorpresa y el día en el que me encuentro es demasiado parecido a cualquier día de hace cinco o diez años. Este asfalto, estas aceras sucias me han amansado obligándome a cumplir años a ritmo de autobús. Se han adueñado del mundo. Parece que ya no exista nada más allá. Nada, al menos, que acapare mi atención. Ya ni París funciona. He perdido los sueños entre las cerdas de las escobas de los barrenderos y se me está muriendo Rimbaud. Tengo, como siempre, accesos de melancolía, pero tan conocidos y previsibles que ya no producen en mí ningún efecto balsámico. Se impone la huida, pero ¿adónde? Miro hacia el exterior de mi burbuja y el aire es igualmente pútrido. La muerte no me atrae. El alcoholismo es tremendamente monótono. Me queda la literatura. Por alguna razón sigo confiando en este entretenimiento sin forma, tan engañoso y falso como un trampantojo. En él todo es asquerosa mentira, la mierda acumulada en un cerebro humano que ha de ser evacuada en liberadora diarrea lingüística para que no forme trombos en las venas. Es la limpieza terapéutica que previene del ictus. Entonces, ¿qué me importarán a mí los desechos tóxicos de los demás? Y los demás, ¿qué han de encontrar entre mis excrementos que sea digno de consideración? ¿Por qué esta fiesta escatológica en la que todos nos sentimos a gusto revolcándonos en la inmundicia?
Este juego es una perversión.
martes 18 de agosto de 2009
SÍ
Yo, como Artaud, soy el único testigo de mí mismo.
Y, últimamente, medianamente feliz, después de todo.
Y, últimamente, medianamente feliz, después de todo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)